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Nicolás Romero
Captura y Muerte

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Captura y Muerte
Folleto Biográfico
El prisionero de Papazindán
El leon de la montaña

Crónica de Juan A. Mateos,
tomada de "El Libro Rojo",
de Manuel Payno y Vicente Riva Palacio.

El Informativo, el Periódico de Nicolás Romero

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NICOLÁS ROMERO


I

Cuando encontramos en las hojas sagradas del Génesis que el Creador del Universo tomó un trozo de barro que sólo había recibido el peso de su augusta planta, forma al hombre, y con su aliento vivificador lo levanta a la altura de su destino, admiramos como hechuras del Omnipotente a esos seres que se levantan del seno oscuro de la humanidad y describen una elipse luminosa en el corto trayecto de su aparición a su muerte.
Dios ha impuesto una marca sombría en la frente de los héroes; ellos ceden a la predestinación de su alto oráculo, y con la íntima convicción de su destino, aceptan el fuego del martirio, como la aureola de su glorificación histórica.
Dios marca el momento, y el hombre obedece, impulsado por el oleaje que lo lleva a las playas desconocidas de su porvenir; enciende en su cerebro la antorcha de la idea, y lo coloca en esa vía que conduce a la inmortalidad; desencadena su espíritu, lo fortalece, y se opera esa trasustanciación de un ser mezquino a un gigante que arranca un lauro a su siglo y una estrofa de gloria a la humanidad.
Nicolás Romero era uno de esos hombres, y sus glorias pertenecen al pueblo mexicano.
He aquí las páginas del Calvario de la revolución, trazadas por uno de los caudillos que hoy recibe en el extranjero los homenajes rendidos al patriotismo.


II

La libertad es como el sol.
Sus primeros rayos son para las montañas, los últimos resplandores son también para ellas.
Ningún grito de libertad se ha dado en las llanuras, como en ningún paisaje se ha iluminado primero el valle.
Los últimos defensores de un pueblo libre, han buscado siempre su asilo en las montañas.
Los últimos rayos del sol brillan sobre los montes, cuando el valle comienza a hundirse en la oscuridad.
Por no desmentir este axioma, la Convención francesa en 93 tuvo su llanura y su montaña.
Zitácuaro está situado en una fragosa serranía del estado de Michoacán.
Era una graciosa ciudad de ocho mil habitantes.
Sus calles, rectas; sus casas, aunque no elegantes, limpias y bonitas.
Su comercio activo, y su agricultura floreciente.
Este era Zitácuaro en 1863.
La República de México había sido invadida por los franceses.
Los malos mexicanos se habían unido con ellos.
El gobierno legítimo abandonó la capital después de esa gloriosa epopeya que se llamó el sitio de puebla.
El ejército de Napoleón III ocupaba las ciudades y los pueblos sin resistencia.
Aquella era la marcha triunfal de la iniquidad.
El paseo militar de la fuerza que vence al derecho.
Pero el derecho debía tener sus representantes sobre la tierra, para protestar y combatir. Debía tener sus mártires, y los tuvo.
Y los representantes del derecho y de la libertad se refugiaron en las montañas para protestar y combatir.
Y los mártires encontraron en las montañas su Calvario.
Al principio, es decir, antes de que comenzara esa larga serie de sangrientos combates que con fuerzas tan desiguales sostuvieron los defensores de aquel heroico pueblo, la hospitalidad no fue de lo más cordial. Después que el fuego enemigo los encontró juntos, todos fueron uno.
En las primeras invasiones, la población emigraba en masa.
Así podía llegar la noticia de la venida del enemigo a la mitad del día como a la mitad de la noche, en una mañana serena o en una tarde tempestuosa.
La alarma corría veloz como la electricidad, y todo el mundo se ponía en movimiento, y la población en masa emigraba a los bosques, llevando cada una de aquellas familias lo poco que podía de sus muebles y de sus animales.
Era un espectáculo tierno y sublime.
Las madres cargando a sus hijos, los hombres llevando a cuestas a los enfermos, las ancianas conduciendo con los niños y pesadamente, los mansos bueyes y los corderos, las gallinas y los cerdos; todo en una inmensa confusión, pero sin gritos, sin sollozos, sin maldiciones; con la consigna de los mártires, pero con la energía de los héroes.
Y esa desgraciada muchedumbre se ponía en marcha muchas veces de noche, en medio del agua que caía a torrentes, y alumbrada apenas por hachas de brea, que la tormenta y el aire apagaban a cada momento.
Y así caminaban entre aquellos precipicios, como una procesión fantástica, resbalando en las lodosas pendientes, cayendo a cada instante, pisados, maltratados, estrujados, llenos de fango, hasta la orilla del bosque, en donde cada familia buscaba, no un abrigo, sino un lugar en que esperar la salida del sol y los acontecimientos del otro día.
Pero las invasiones y los combates se hacían más y más frecuentes.
Las tropas fieles de Toluca buscaron un asilo en Zitácuaro.
Apenas se pasaba una semana sin que los ecos del orgulloso cerro del Cacique, en cuya falda se extendía la población, repitiesen los gritos de "viva el imperio", y con las detonaciones de la fusilería.
Las familias comenzaban a cansarse, pero no transigían con el enemigo.
Poco a poco fueron dejando abandonada la ciudad y retirándose a los pueblos y ranchos de Tierra Caliente, adonde el enemigo no había logrado aún penetrar.
Nicolás Romero escogió el estado de Michoacán para teatro de sus hazañas.
El león de la montaña, como le decían los franceses, era un hombre como de treinta y seis años, de una estatura regular, con una fisonomía completamente vulgar, sin ninguna barba, el pelo cortado casi hasta la raíz, vestido de negro, sin llevar espuelas, ni espada, ni pistolas; con un andar mesurado, su cabeza inclinada siempre, y sus respuestas cortas y lentas, parecía más bien un pacífico tratante de azúcares o de maíz, que el hombre que llenaba medio mundo con rasgos fabulosos de audacia, de valor y de sagacidad.
Y sin embargo, Nicolás Romero era para sus enemigos y para sus soldados un semidiós, una especie de mito. Jamás preguntó a sus contrarios: ¿cuántos son?, sino ¿dónde están? Y allí iba.
Romero tenía orden de escaramucear y retirarse después sin pérdida de tiempo para Tacámbaro.
Pero Romero era un valiente, y no se contentó con esto, sino que se batió un día entero con los franceses, y al otro emprendió su marcha.


III

Treinta leguas había caminado la división en cuatro días, y Romero determinó dar un día de descanso a la fuerza.
Estaban en una pequeña ranchería que se llama Papasindán.
El camino que había traído la fuerza, y que era el mismo que debía llevar el enemigo en caso de una persecución, era una vereda incómoda y en donde no cabían dos hombres de frente, escabrosa, y costeando la montaña; un ejército podía haberse descubierto desde una legua de distancia, que tardaría lo menos tres horas en atravesar, y con cien hombres podía cerrarse el paso a tres mil.
Esta es una cañada en medio de montañas elevadas, pero montañas sin árboles, sin verdura, sin vegetación. El ardiente sol de los trópicos calcina los peñascos que la cubren; la yerba que se atreve a brotar, muere como tostada por sus rayos, y apenas se descubren algunos arbustos raquíticos y sin hojas, retorciéndose a la viveza del fuego que parece circular en la atmósfera: ni aves, ni cuadrúpedos, ni aun insectos.
Por eso la cañada de Papasindán forma un delicioso contraste: arroyos caudalosos, grandes y majestuosas zirandas y parotas, muchas aves, mucho ganado, y una grama verde y tupida. Es un oasis en aquel ardiente desierto.
Romero, pues, podía estar tranquilo.
Pero la suerte de los hombres y de las naciones depende de la Providencia.
Eran cerca de las diez de la mañana; la tropa descansaba bajo los árboles, los caballos desensillados pacían libremente, y los oficiales y los jefes departían alegres en grupos esparcidos acá y allá.
Se habían escuchado algunos tiros, luego un rumor extraño, y repentinamente los zuavos, seguidos de una caballería de imperialistas, invadieron el campo republicano.
Nadie pensó en resistir; el pánico de la sorpresa se apoderó de todos, y el enemigo mataba y aprisionaba sin el menor embarazo.
La división de Nicolás Romero se deshizo como el humo, y el caudillo fue hecho prisionero a los pocos minutos.


IV

En los primeros días de su dominación en México, los franceses eligieron por teatro de sus ejecuciones la plazuela de Santo Domingo, que está casi en el centro de la población, y que tiene por límites, al sur, edificios particulares; al norte, la antigua iglesia de los dominicos, que da su nombre a la plazuela; por el oriente el edificio de la Aduana, y por el poniente una portalería que sirve de asilo a los escribientes y poetas pobres que se llaman en México vulgarmente "Evangelistas", y que, sentados en un pequeño taburete, delante de un miserable pupitre, ganan miserablemente su vida escribiendo y redactando versos y cartas de toda clase para los criados domésticos, para los aguadores y para los amantes pobres que no saben escribir; escritores que son la primera grada de esa inmensa escalera en cuyo último peldaño se disputan un lugar Milton y Shakespeare, Cervantes y Quintana, Víctor Hugo y Lamartine, el Dante y el Petrarca.
Aquella plazuela está verdaderamente empapada en sangre. Allí han sido sacrificadas tantas nobles víctimas, que si un laurel o una palma brotara en memoria de cada mártir, ese lugar sería el bosque más impenetrable de la tierra.
Pero hay modas hasta en el asesinato, y Santo Domingo cayó de la gracia de los civilizadores de México, y la plazuela de Mixcalco pasó a la categoría de favorita de los franceses.
Mixcalco está al oriente de la ciudad, cerca de la garita de San Lázaro.
En otro tiempo había sido el lugar de la ejecución de los criminales; por eso tal vez causaba cierto pavor a los habitantes de la ciudad, y por eso casi siempre estaba desierta.
Absurdas consejas corrían sobre aquella plazuela; quien contaba que un hombre ahorcado allí por haberse robado unos vasos sagrados, pasaba de noche envuelto en un sudario; quien refería que la cabeza de un reo muerto impenitente, aparecía en las altas horas también de la noche, pidiendo "confesión"; quien decía haber oído un grito agudísimo y desgarrador que lanzaba una mujer vestida de blanco y con el pelo suelto, y que era nada menos que una madre infanticida, muerta allí mismo por manos de la justicia.
Sea por esto, o por lo que es más probable, por la escasez de agua de aquel barrio, las casas que forman la plazuela se fueron quedando vacías y arruinando; de modo que en la época en que los franceses ocuparon la capital, sólo vivían por allí pobres carboneros que durante el día salían a expender su mercancía.
En aquel lugar triste y apartado, debía tener su desenlace ese drama que hemos visto comenzar en Papasindán.
Se oyó un rumor en la multitud; el movimiento uniforme y simultaneo de las armas de los franceses produjo, con la naciente luz del sol, un relámpago siniestro que cruzó por encima del agrupado pueblo, y Nicolás Romero, sereno y animoso, casi indiferente, penetró en el cuadro en unión de otros dos oficiales que iban a sufrir su misma suerte.
Infinitas precauciones había tomado la plaza para llevar a efecto la sentencia; la popularidad de Romero y la notoria injusticia del procedimiento, hacían temer una sublevación popular. Se había adelantado la hora; la guarnición estaba sobre las armas, la artillería lista, las patrullas y la gendarmería en movimiento, y sobre todo, la policía secreta, esa víbora que brota como la yerba venenosa de los pantanos, del seno de los gobiernos impopulares, en una actividad espantosa.
Romero fumaba desdeñosamente un puro. Los dos oficiales que le acompañaban, y que también debían morir, eran: Un subteniente que había sido el mariscal de un escuadrón de la brigada de Romero, y el comandante Higinio Álvarez, jefe de los exploradores de la misma brigada. Romero iba envuelto en la misma capa que usaba en campaña, y Álvarez en un sarape tricolor, que imitaba la bandera de la república.
¿Para qué referir la ejecución? Los tres murieron con tanta sangre fría y con tan orgulloso desdén, como si no fueran a morir.
El sargento francés dio a Romero el golpe de gracia; y sin embargo, como si aquella alma de gigante no hubiera podido desprenderse del cuerpo, al conducir el cadáver de Romero a su última morada, hizo un movimiento tan fuerte, que rompió el miserable ataúd en que le conducían sus verdugos.
El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo.
A las diez de la mañana de ese día, la tierra había bebido ya la sangre de aquellos mártires; el sol había secado otra parte, y los vientos habían borrado con su polvo los últimos rastros.


V

Un sol de gloria da de lleno sobre esas tumbas abandonadas, y la patria aún no señala con un monumento el lugar de tantas ejecuciones.
¿Compareceremos ante el juicio de la historia con la fea marca de la ingratitud? ¿No habrá quien coloque una piedra en ese Gólgota, para decir a nuestros hijos: aquí levantó la iniquidad su piedra de sacrificios para inmolar a los patriotas de la independencia mexicana?
Nosotros desde el fondo de nuestro corazón enviamos el más santo de nuestros recuerdos los Mártires de la libertad, y consagramos en las páginas de El libro rojo la ofrenda de justicia a los héroes cuyos sublimes hechos servirán de grandes enseñanzas a las futuras generaciones.

Juan A. Mateos

Tomado de:
"El libro rojo"
de Manuel Payno y Vicente Riva Palacio

El Informativo, el Periódico de Nicolás Romero