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Nicolás Romero
El leon de la montaña

Por Juan de Dios Peza


Entre los guerrilleros que con ejemplar arrojo combatían la intervención francesa, descollaba Nicolás Romero.
Era un hombre de treinta tres años, sencillo, modesto, sin otra ambición que la de luchar sin descanso contra el enemigo extranjero, sin medir los peligros ni contar a los contrarios.
Vivía como las águilas, entre las rocas escarpadas de la sierra, sirviéndole de almohada muchas veces la montura que quitaba a su caballo consentido, que junto a él quedaba velándolo, y que ya estaba enseñando a despertarlo al primer ruido o al ver aproximarse a alguno cerca del sitio donde descansaba su amo.
Vestía siempre de negro, con el pelo cortado al rape, el rostro afeitado, sin ninguna insignia militar que denotara rango, categoría o superioridad entre sus compañeros.
Había servido con el bravo Aureliano Rivera, a cuyo lado se batió muchas veces con denuedo, y luego se fue con el general Vicente Riva Palacio, a quien profesaba verdadero culto de cariño y de respeto filial.
Prudente, callado, con la apariencia de campesino y la cautivadora humildad de un ser bondadoso, servicial y tímido, nadie, al mirarlo, comprendía su bravura ni sus ardides para lograr el éxito en los combates.
Sus proezas en Venta del Aire y en Angangueo le habían hecho popular y temible, y desde encopetados cortesanos hasta los peones de los ranchos más insignificantes, sabían que a la hora de batirse admiraba con su calma estoica y con la habilidad no aprendida con que burlaba los planes del enemigo.
Sus ojos penetrantes y vivos, relampagueaban bajo el ala negra del ancho sombrero que llevaba siempre hundido sobre las cejas.
En ese incomparable y hermosísimo vergel de nuestra República que se llama el Estado de Michoacán, y especialmente en el tantas veces heroico Zitácuaro, no se perderá la memoria del audaz guerrillero, a quien los franceses denominaban con justicia: el león de las montañas. Era el mejor soldado y el amigo más adicto a Riva Palacio.
Con Romero brillaban como valientes, dignos de su predilección, Filogonio Gutiérrez, que murió en Tacámbaro; Silvano Gómez y Vicente Bárcena Villagrán, que perdió una pierna en campaña, los tres originarios de Huichapan; el inolvidable Luis Robredo y Modesto García, naturales de Nopala, muertos heroicamente en Tacámbaro; Bernal, que en el asalto de Uruapan, le arrebató la vida una bala que le atravesó el corazón, y Luis Carrillo, que vino a morir en Querétaro al frente de sus soldados.
Eran todos ellos incansables para la lucha, y no es posible recoger la lista de los que a su lado morían en defensa de la patria.
Héroes ignorados, no tienen tumbas donde poner como cariñosa ofrenda las coronas de laurel y encina que se consagran a los inmortales; pero la patria los bendice, los ama y reconoce que sus esfuerzos contribuyeron en mucho a darle la felicidad que ambicionaba en aquellos días de prueba.


Romero, muy astuto y muy jinete, sorprendía a los franceses cuando menos lo esperaban, y después de causarles estragos, se le perdía de vista, y volvía a caer sobre ellos muchas veces, llegando a preocupar de tal suerte al mariscal Bazaine, que llegó a ofrecer premios considerables al que le llevara la cabeza del temible guerrillero.
Era hombre tan dócil y tan obediente, que el general Riva Palacio lo manejaba como a un niño, y le aconsejaba y le instruía en las horas en que les era fácil conversar en calma en las soledad de la sierra.
Yo le oí referir al general Riva Palacio un episodio que le conmovía mucho cuando lo recordaba. Un día, después de batirse con los franceses, fueron él y Romero a refugiarse en la casa del cura de un risueño pueblecillo de Michoacán, y en el cuarto en que se alojaron había un libro antiguo que era un tratado especial para los confesores. Romero, lleno de curiosidad, lo abrió y se encontró un capítulo intitulado: Del infanticidio.
No bien leyó algunos renglones, cuando le dijo a Riva Palacio:
-Mi general, ahora sí que de seguro me condeno.
-¿Por qué, Nicolás?
-Mire usted lo que dice el libro del señor cura: No hay pecado más horrible a los ojos de Dios que el de matar a un infante.
-Y tú lo has cometido?
-Pues acuérdese, mi general, que en el combate de ayer matamos puros infantes, porque el enemigo no llevaba caballería.
Rió mucho Riva Palacio, y le explicó el sentido de aquella palabra que tanto preocupa al guerrillero.
Era hombre sin más conocimientos que los rudimentales de las escuelas de los pueblos, pero lleno de buena fe, de valor, de sinceridad, de patriotismo. Incapaz de cometer una mala acción; honrado a carta cabal, y fanático por la libertad del suelo en que vio la luz primera.
Los periódicos del gobierno imperial hablaron de él pintándolo como un monstruo digno del odio, de la execración universal y de la muerte.
Le suponían de corazón de hiena, atribuyéndole incalificables asesinatos, horrorosos incendios de poblaciones, y llegando a decir que sus secuaces, jamás les llamaron soldados, cometían las tropelías más infames, capaces de avergonzar a las hordas de Atila.
La verdad es que no era autor de nada de esto, pero sí de muchos descalabros sufridos por los franceses, que exclamaban, cuando se cercioraban de que tenían que habérselas con él en un encuentro: ¡el león de las montañas!
Y le perseguían, le buscaban de día y de noche, sin saber que, en opinión de los chinacos, Romero dormía como las liebres, con un ojo cerrado y otro abierto, para burlarse de los enemigos.
Nunca pudieron aquellas aguerridas tropas aprehender a tan bravo campeón de nuestras libertades; nunca pudieron darle alcance; nunca le derrotaron por completo; nunca le hallaron débil ni cobarde, ni torpe para burlarlo, y ya les tenía desesperados, porque el mariscal estaba lleno de ira al considerar que una legión de millares doctos en estrategia, no pudieran coger a la astuta zorra, que tan constantes perjuicios les ocasionaba.
Llegó a ser cuestión de amor propio para los jefes franceses la captura de aquel indomable león de las montañas, que se les acercaba tanto, se les reía en las barbas para luego, como decían los suyos, hacerse relojo y desaparecer entre los intrincados laberintos de la sierra, como la sal en el agua.


Por orden del ilustre Juárez, el General Riva Palacio dejó el mando de cuerpo que hacía la campaña en el Estado de México, y fue a encargarse del mando del Estado de Michoacán, reuniendo allí las divisiones que constituirían el Ejército del Centro.
Le era indispensable tener a su lado a Nicolás -como cariñosamente lo llamaba- y le ordenó que fuera a unírsele a Tacámbaro, para lo cual alistó Romero su brigada, y se puso en marcha a la mayor brevedad posible.
El camino era muy pesado y fatigoso. Había necesidad de cruzar parajes desconocidos del enemigo, salvar hondas barrancas, preferir peligrosas laderas, atravesar secos y áridos arenales, y la tropa llegó, como era natural, a enfermar de sed y de fatiga.
Cuando en más triste situación caminaban, llegaron como los peregrinos del desierto a un oasis, a uno de esos pueblecillos donde la naturaleza derrama todos sus encantos.
Apareció a los enardecidos ojos de los guerrilleros una especie de arábigo palomar, que escondía sus blancas y risueñas casas entre el verde manto de una vegetación exuberante.
Aquel era el pueblo de Papazindán, distante cuarenta leguas, más o menos, de Zitácuaro, lleno de arroyos de claras aguas, sembrado por todas partes de hojosos granjenos, de parotas, de ceibos, con tupida alfombra de grama, en que pacían los ganados, y con parvadas de guacamayas que parloteaban en los árboles.
Papazindán está en una cañada, y en el centro de ella acampó la infantería de Nicolás, descansando los soldados a pierna suelta, pues venían deshechos de fatiga y rendidos de sueño.
Los francos rancheros de aquel sitio, donde aún no se habían oído las detonaciones de la guerra, recibieron con alborozo a los defensores de la patria, y comprendiendo lo maltrecho y descoyuntados que llegaban, les cuidaron el sueño, como se vela el de un hermano enfermo.
Cuando más tranquilos dormían, sin zozobra y sin esperanzas de un combate, oyéronse por todos lados gritos, blasfemias, denuestos y tiros de fusilería.
Era la caballería y la infantería francesa. Dragones y suabos cayeron sobre nuestros chinacos como una tormenta terrible e inesperada, acuchillando a cuantos encontraron, sin piedad y con rabia.
En la confusión espantosa no pudieron defenderse los sorprendidos, y sacudiendo apenas el pesado sueño, se desbandaban y huían como aves azoradas para librarse de la muerte en la fragosidad de los bosques. Pasado aquel aluvión espantoso, y ya dueños del campo los franceses empezaron a buscar entre los numerosos heridos y muertos al jefe de la brigada.
Buscaron con tesón, con ansiedad, con fiebre, y nada pudieron averiguar, ni nadie les dio noticia, y desesperaron de encontrarlo.
Ya en la calma los soldados franceses, dos o tres horas después de la sorpresa, y ya acampados en el hermoso pueblecillo, un grupo de zuavos se reía de ver a un compañero que corría tras un gallo sin darle alcance.
El animal, acosado, voló a las ramas de un granjeno, y el zuavo subió al árbol, seguido de seis o siete de sus camaradas que le ayudaron a coger la codiciada presa.
Con gran asombro, el soldado francés halló montado en un tronco, y recatándose entre el follaje, a un hombre vestido de negro. Al verlo, lanza un grito y llama a los soldados que le siguen; estos gritan a los demás; vienen muchos e intiman al que acaban de sorprender, que baje, si no quiere que le maten allí a balazos.
Desciende aquel, se pone de pie en medio de todos, les contempla con arrojo, y dice con resolución heroica:
-Yo soy Nicolás Romero; hasta que quiso Dios que me agarraran. Conózcanme.
¡El león! ¡El león! -exclamaron algunos; le rodearon, le amarraron con todo cuidado y todas las seguridades que requería tan valiosa presa; le pusieron a buen recaudo, y dieron parte por extraordinario al mariscal Bazaine.
El indomable león de las montañas había caído en manos de sus perseguidores; los periódicos imperiales celebraron la noticia, y en México se esperó con ansia la llegada del guerrillero, pues todos querían conocerlo.
No logró el enemigo vencerlo en buena lid, eso nunca; le sorprendió con la tropa cansada, cuando ni el más listo esperaba que por allí aparecieran los franceses; por eso decían los chinacos:
-Esto no es otra cosa que la mala suerte de Nicolás.


Traído a México en unión de once compañeros suyos, se les puso presos en la callejuela, llamada entonces la Martinica, y se les incomunicó rigurosamente.
A los pocos días se les formó un consejo de guerra, que presidió el coronel de la artillería M. De la Salle, y se acusó a Romero de ladrón, asesino, plagiario e incendiario.
Él oyó con imperturbable serenidad tan falsos y calumniosos cargos, y sólo de vez en cuando abría mucho sus ojos, que fulguraban de ira, y un tinte sombrío le inundaba el semblante.
Nicolás Romero y sus once compañeros fueron sentenciados a muerte.
Maximiliano se apenó mucho y quiso indultar a todos; pero el mariscal Bazaine y varios jefes franceses le hablaron repetidas ocasiones, y sólo siete fueron perdonados.
Me acuerdo, como si la viera, de la triste mañana en que se efectuó la ejecución de los cuatro valientes defensores de la patria.
Un criado de mi casa me dijo desde la víspera que me iba a llevar a ver a los fusilados, pero que me callara la boca, porque si lo sabían en mi familia, le despedirían en el acto.
Jamás había yo visto fusilar a nadie, y con gran sobresalto pasé la noche, me desperté muy temprano, y antes del alba salí cogido de la mano del mozo, que era una especie de gigante por lo alto y lo fornido.
Los franceses estaban llevando a cabo las ejecuciones en la sombría e inmensa plazuela de Mixcalco, donde había unas miserables casuchas de gente muy pobre.


El criado me refirió muchas consejas de aquel lugar tan apartado y tan repugnante. Me dijo que de allí salía a la media noche la Llorona, para recorrer con el cabello suelto, vestida de blanco y dando pavorosos gritos, la ciudad.
Pero esto no le hace al caso. Cuando llegamos al sitio, ya el pueblo lo había invadido hasta acercarse al cuadro formado por los zuavos, en primer término, y en seguida por los cazadores de África.
Entre las filas asomaban las bocas de fuego de las piezas de artillería amenazando a la multitud, para el caso de algún levantamiento o de alguna señal de disgusto a la hora terrible del fusilamiento.
Yo no alcanzaba a ver nada; era yo un chico de doce años, y el criado aquel, cuando se oyó un gran rumor que denunciaba la aproximación de los reos, me montó sobre sus hombros, y ¡ay de mí! que entonces sí pude con claridad verlo todo.
Llegaban al patíbulo los sentenciados, pero no venían tristes; sus frentes estaban levantadas, y miraban al pueblo con lástima y con ternura.
Eran el sargento roque Flores, el alférez Encarnación Rojas, el comandante Higinio Álvarez y el coronel Nicolás Romero.
Álvarez se había envuelto en un sarape tricolor de modo que se viera el águila republicana, pues de intento, al terciárselo, la dejó luciendo sobre su pecho, y cubriéndole el corazón con la punta del ala.
Romero llevaba la misma capa que usaba en campaña, e iba fumando un puro y sonriendo, como si estuviera de paseo y feliz entre tantos curiosos.
Los formaron en el fondo del cuadro, todos mostraron con altivez el pecho, sin dejarse vendar los ojos.
Cuando los tiradores tendieron los fusiles, gritaron a un tiempo:
-¡Viva México!
Fue todo tan rápido y ellos mostráronse tan serenos, que yo no creía que ellos hubieran caído muertos; me parecía cosa de comedia; pero ¡ay! cuando nos acercamos, sentí una impresión horrible: ¡qué inmensas charcas de sangre! ¡qué aspecto tan espantoso el de aquellos cráneos deformados y contraídos por las balas!
Sonaban los tambores, se oían las voces de mando; las tropas desfilaban, el pueblo rugía enardecido, y allí quedaban tendido en un sitio que después se llamó el rincón de los muertos, los cadáveres de aquellos cuatro mártires de la libertad.
¡Bendita sea su memoria! ¡No he podido olvidarlos nunca!


-Juan de dios Peza

Tomado del libro Memorias. Epopeyas de mi patria: Benito Juárez
Factoría Ediciones, México D.F., primera edición 1998.

El Informativo, el periódico de Nicolás Romero